Esta mañana, me he despertado en un parking, junto a un precioso parque a las afueras de Castelldefels. La escena, de lo más relajada. He hecho mi sesión corta de estiramientos, y mi he preparado mi smoothie de frutos secos con copos de avena y otros hierbajos diseñados por la naturaleza para que mi tránsito intestinal siga funcionando como un relojito suizo. Me disponía a empezar el día con alas de ángel para surcar la buenaventura que otros seres humanos despliegan de forma natural para hacer que cada día sea un hermoso sendero de comprensión y armonía; lo de siempre, vamos.
Pero también listo para los desafíos de los descarriados que aún no se han concedido el espacio para crecer y amar de forma incondicional. Y así, de la mano de mi noble intención de vivir este bonito día para seguir creciendo y aprendiendo para, tal vez, terminar contándotelo, me encuentro con la primera subnormal.
Resulta que a la esmerada limpieza que requiere mi mini batidora de smoothies, se le ha empezado a juntar la leve emergencia de mi tránsito intestinal. Normalmente tarda más en expresarse, pero hoy creo que debía estar algo alterado porque ayer me permití el exceso de un par de cervezas, y luego una salchicha de Frankfurt y una cocaola en un bar mientras veía el fútbol. Todo mal; la birra, la salchicha, la tarde perdida sorbiendo de algo de opio del pueblo, y la Cocacola. Pero mira, me apetecía un domingo mundano de raza baja.
La cuestión es que, yo, que me empezaba a temer el inminente apretón, me he puesto nervioso. Y en lugar de dejarlo todo, atender mis primeras necesidades, y seguir con mi apacible día, lo he acelerado todo. Y como siempre pasa cuando la prisa apremia, se me ha empezado a torcer la mañana.
Con la batidora llena de agua, la he puesto en marcha para enjuagarla y flas, no había enroscado la tapa y el cacao que se ha montado dentro de la furgo ha sido de escándalo. Y papel higiénico en mano, mientras lo mío interno iba en aumento, he limpiado con toda la presteza que he podido. A pesar de que extraer cada trocito de papel también requiere su pausa y su cariño, he ido a base de bolones de papel a saco.
Y yo, tira que tira, he terminado el royo en un momento para terminar de limpiezar el estropicio. Bueno, pues entro con la urgencia que ya apremiaba, me siento en el trono mientras estiro el espinazo para llegar a la despensa donde tengo el papel, y… ¡no te puedo creer! ¡Estaba vacía! ¿Cómo? No, por favor, ahora no.
Eso nunca me pasa, pero había olvidado que para la limpieza dominical de la furgo había invertido el royo de reserva que siempre guardo en la guantera. Y, tras hacer una rapidísima revisión mental de dónde podía tener aunque fuera un paquete de cleenex, caigo en que no. Que no hay ni una puñetera reserva de papel.
Me acicalo, me siento ante el volante, enciendo el coche y me quedo los dos minutos que necesita como mínimo para calentarse, pensando en el karma. Tarde de excesos, mañana de prisas, ergo apretón desatendido como castigo divino.
Sonrío, me perdono, pongo la primera y salgo a toda leche porque me acuerdo de que en el Lidl, lo que tengo más cercano, nunca es entrar y salir todo en un minuto.
Y ahí, mi primer encuentro con otro ser humano vibrando en mi misma bajeza.
Yo, los cedas los respeto. Me encanta respetarlos; los encuentro el mismísimo símbolo de la cordura y la coherencia humana hecha urbanismo. Están para ordenar la circulación con ese leve toque de permisibilidad para que el arbitrio humano, en nuestro afán de coexistir respetuosamente con nuestros semejantes, nos haga ceder el paso.
Pero yo, hoy, con mi apretón, mi culpa, mi cabreo consciente y la prisa creciente, mientras aún tenía esperanza de encontrar un pedazo de papel en la guantera, me he encontrado a dos metros de un Ceda.
Y lo que se ha dado es otra escena cotidiana de esas que, si las miras con un poco de distancia, resultan casi cómicas. No por graciosas, sino por lo absurdas que son. Y pasan a diario, cientos de veces en cada ceda el paso de cada ciudad.
Una chica, con paso decidido con sus valores bien puestos, no ha hecho ni el más mínimo gesto de decelerar su paso ante el caos que reinaba en mi habitáculo.
Pues la tía, va y se arroja al paso de cebra, mirando al frente con la determinación de aquel que sabe lo es suyo. Y yo doy un frenazo que me desubica hasta el último tenedor dentro de la furgo mientras oigo el cacharrazo general, y cruza con esa mezcla de seguridad y desafío que parece decir: “este es mi derecho, frena tú que es tu obligación”.
Y sí, tiene toda la razón.
El problema es que la razón, por sí sola, no frena coches.
Hay algo curioso en esa escena. Es como si durante unos segundos la persona dejara de vivir en el mundo real —ese lleno de distracciones, errores humanos, reflejos lentos, y apretones fisiológicos— y pasara a vivir en un mundo teórico donde todo funciona exactamente como debería.
Pero claro, luego está la realidad.
Un coche pesa más de mil kilos. El conductor puede no haberte visto, puede reaccionar tarde, ir pensando en llegar a por su papel higiénico antes de tener un problema mayor, o simplemente, puede cometer un error. No hace falta que sea un inconsciente ni un kamikaze. Basta con que sea humano.
Y ahí es donde la escena deja de ser graciosa.
Porque confundimos algo importante: tener razón no es lo mismo que estar a salvo.
En el fondo, lo que se pone en juego en ese paso de peatones no es una norma de tráfico o un derecho, sino una especie de pulso invisible entre el ego y la prudencia. Una pequeña batalla absurda donde alguien parece decir: “yo paso porque puedo”, en lugar de preguntarse: “¿de verdad es el mejor momento para pasar?”
Y si no te lo preguntas, y lo das por seguro, estás apostando todo a que la realidad se comporte como debería… cuando la realidad, muchas veces, no lo hace.
Y no, no se trata de vivir con miedo ni de ceder siempre. Tampoco de renunciar a los derechos. Se trata de entender algo mucho más básico: que la prudencia no es una forma de debilidad, sino una forma de inteligencia práctica.
Quizá el problema es que hemos aprendido a dar demasiadas cosas por sentadas. Creemos que todo funcionará porque existe una norma que lo respalda. Que el otro hará lo correcto porque es su obligación. Que el mundo, en general, responderá como esperamos.
Pero la vida no es un reglamento. Es un sistema lleno de variables.
Por eso, a veces, el gesto más inteligente no es cruzar con firmeza, sino mirar una vez más. Esperar medio segundo. Hacer un pequeño gesto con la mano. Y, por qué no, agradecer cuando alguien se detiene.
👉 La psicología explica por qué agradecemos a los conductores
No porque debas hacerlo.
Sino porque quieres seguir estando aquí, y valoras que otras personas sean atentas con tus derechos. Tan bonito como eso.
Al final, no va de quién tiene razón.
Va de algo mucho más simple:
de llegar al otro lado.
Y luego están los que cruzan de esta guisa egoísta empujando un carrito de bebé.
A estos, ya, ni falta hace mencionarlos, porque a estos hay que darles de comer aparte.
