<h1>EL MONEDERO INTERMINABLE DE PAPÁ</h1>
<p>El otro día fui a pagar el pan y los cruasanes del domingo, y cuál fue mi sorpresa al abrir la cremallera de mi monedero de piel —de esos de los chinos—: solo había monedas de diez, bastantes; algunas de veinte; varias de cinco y unos cuantos céntimos. Suficiente para que abultara, pero no para pagar en la panadería.</p>
<p>Sin problema. En la cartera llevaba para pagar con tarjeta o con billete. Mejor con billete, así, de paso, me iban a dar cambio del gordo, del gustoso, del verdaderamente útil. Pero eso me hizo pensar. Llevaba al perro, era domingo y hacía buen día, así que decidí ir al parque un rato mientras pensaba en esto de las monedas.</p>
<p>Entonces, me vino mi padre —en paz descanse— (<a href=»/pagando-tu-ultima-fiesta»>Pagando tu última fiesta</a>) a la mente. Y remontándome a cuando no contaba más que con apenas seis o siete primaveras, recordé aquel mismo monedero que mi padre siempre llevaba atestado de monedas de las gordas.</p>
<p>Las había de veinte duros, de doscientas y algunas de quinientas, y hasta de dos mil cuando las sacaron, pero también un montón de veinticinco pesetas. De cinco pelas también, pero nunca demasiadas. Aquello era el cuerno de la abundancia y, sin duda, el tesoro más preciado para aquellos que nos pasábamos las tardes de verano en la sala de máquinas del pueblo.</p>
<p>Por aquel entonces no imaginaba cómo podía ser aquello posible. El monedero de papá era interminable. Siempre sacaba y siempre había. Y siempre tan abultado. De hecho, tanto, que le recuerdo siempre con sus pantalones —ya fueran los de vestir o los tejanos de fin de semana— con ese bulto, el bolsón de las monedas deformando su camal por el alto muslo, rebotando con ese clinclineo compacto.</p>
<p>Los tres hermanos siempre fuimos buenos chicos, o por lo menos de los que no le robarían a un padre. Aun así, aquel monedero nunca estaba a nuestro alcance. Siempre lo llevaba en el bolsillo del pantalón, y si no lo llevaba encima por casa, estaba en algún pantalón en su habitación o en su mesita de noche. Yo lo sabía porque lo había visto de soslayo guardarlo alguna vez.</p>
<p>No lo guardaba con celo ni con ningún tipo de desconfianza. Supongo que era solo cuestión de costumbres. Lo que sí ocurría era que cuando le pedía veinte duros para ir a jugar a las máquinas, él siempre se quejaba. A caballo entre querer enseñarle al hijo que el dinero no era fácil de ganar y la pereza de ir a buscar el monedero, siempre me lanzaba su cara de desaprobación. Aunque, al final, siempre me los acababa dando.</p>
<p>Fuera como fuera, jamás se me hubiera ocurrido meterle la mano en el bolsillo del pantalón para cogerle nada. Eso estaba clarísimo, era una máxima absoluta, una de esas prohibiciones principales en la familia. Y lo mismo con mi madre y su bolso, claro.</p>
<p>O sea que el máximo que podía recibir de ellos hasta los siete años sabía que no iba a rebasar las doscientas pesetas. Bueno, si en verano fregaba los platos me podía llevar veinte duros extra. Y yo pensaba: <em>algún día tendré un monedero como el suyo…</em> Y podré pasarme toda la tarde en la sala de máquinas sin tener que quedarme mirando las partidas de los otros.</p>
<p>Cuando cumplí los ocho empezó a darme permiso para írselo a buscar al pantalón, pero aún no para abrirlo. Eso estaba también clarísimo. Y desde la habitación hasta el comedor no podía menos que sopesarle el volumen al bolsón con mi mano de infante, sin dejar de imaginar las horas de ocio que todo aquello me podía proporcionar o la cantidad de golosinas que podría llegar a comprar.</p>
<p>Hasta que una tarde cometí el gran error. Acababa de llegar la máquina de <em>Comando</em> a la sala y había un chaval que era la envidia de todos porque pasaba pantallas sin parar, con cinco duros. Yo no era tan bueno, y necesitaba jugar mucho para practicar. Así que un día, desesperado, a las cuatro de la tarde de un caluroso mes de julio, sentí la irremediable tentación de meterme en la habitación de mis padres con la peor de las intenciones, mientras los dos dormían la siesta en el sofá frente a la tele. Y me dejé llevar…</p>
<p>Sigiloso, vigilando el movimiento de panza oscilante de mi padre a esa hora de la siesta, corrí pasillo arriba y me metí en su habitación hasta pararme frente a su pantalón. Con miedo, solo lo palpé y… ¡maldición! Ahí no estaba. Bueno, al menos no tenía que meter la mano en el bolsillo —gran riesgo—. Pero ya que había llegado hasta ahí, caminé hasta la mesita de noche, rodeando la cama. Y ahí estaba, el primer cajón de su mesilla. Abrirlo ya estaba el doble de prohibido que meter la mano en el pantalón. ¡Una atrocidad, vamos! Pero lo hice…</p>
<p>Y ahí estaba yo, frente al cofre del tesoro prohibido, con su inmenso montón de llaves, que —dicho sea de paso— solía hacer la deformación en su pantalón aún más escandalosa, empacado junto al bolsón de las monedas. Nervioso, con el corazón palpitando en la mano del delito, ágil y ansioso, agarré el monedero que me llenaba la mano. Y corrí la cremallera… Al ver lo que había allí, se me iluminó el rostro. ¡Qué momento!</p>
<p>Ante mí, horas de juego en la sala de máquinas del siempre malhumorado, pero muy querido Leo, y probablemente kilos de chucherías del Salvans, el colmado del pueblo. Iba a ser la envidia de la cuadrilla. Pero ante aquel monto tan importante no supe valorar los riesgos y, dejándome llevar por una ambición irrefrenable, corrí la cremallera lateral, donde sabía que mi padre dejaba de vez en cuando algún billete si iba con prisas. Y ahí estaba, mi pasaporte directo al Nirvana: dos billetes de dos mil, perfectamente dobladitos, tanto que parecían uno. No lo iba a notar, pensé.</p>
<p>Suspiré, miré nervioso otra vez al pasillo, agudizando el oído por si hubiera pasos y, sin volver a pensarlo, cogí uno de aquellos billetes rosas. Me lo metí rápido en el bolsillo del bañador, cerré la cremallera de las monedas, dejé el monedero cuidadosamente al lado de las llaves y me escabullí, ahora aún con más sigilo, de vuelta a mi habitación. Entré apresurando mis últimos pasos y salté sobre la cama para tumbarme, con la respiración agitada. Tenía que trazar un plan.</p>
<p>Lo que ocurrió en las siguientes horas es una de esas experiencias que le marcan a uno la infancia, que no se olvidan jamás, y que son muy aleccionadoras. No fue ni más ni menos que una de las posibles consecuencias de “robarle a un padre”. Pero eso lo cuento en otro artículo (<a href=»/las-fatales-consecuencias-de-robarle-a-un-padre-de-nino»>Las fatales consecuencias de robarle a un padre de niño</a>), porque de lo que quería hablar esta vez era de otro aspecto, también muy romántico de la vida.</p>
<p>Sobre lo que hoy me apetecía jugar a reflexionar era el momento en que las monedas pueden dejar de tener el valor que en otro momento de la vida pueden tener. Y ya no hablo solo del paso de la infancia a la juventud, sino del momento en que puedes pasar de no tener a tener, y viceversa.</p>
<p>Sin ir más lejos, me viene a la cabeza el fatal momento en que, viviendo en Berlín, por una catastrófica alineación de los astros sumada a una planificación muy deficiente, me encontré cuatro días sin un solo euro en el bolsillo, y deseando de nuevo el bolsón de monedas de mi padre, pasada la treintena. O de cuando, viviendo en París, pasé de apenas tener para tomarme una caña, con mi cartapacio repleto de currículums en una ciudad extraña, a disponer de siete mil quinientos euros en monedas tras un golpe de suerte en una máquina tragaperras una noche que me llevaron al Casino de París.</p>
<p>A mi padre lo echo mucho de menos —a él, a su olor, a sus lecciones y a su presencia en general—, pero el otro día, también, a su bolsón de las monedas en la panadería.</p>
<p>En paz descanses, Papá, y que me sigas mandando abundancia desde allí donde te encuentres.</p>
<p><strong>Amén.</strong></p>
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